NILDA SUFRÍA. Y SUFRIMOS TODOS...

Derechos Humanos 12 de julio de 2016 Por
El femicidio de Nilda Núñez es el primero registrado en lo que va del año en nuestra provincia y es uno de los más atroces de los que he escuchado hablar.
ALIKA KINAN
ALIKA KINAN - Directora de Instituto de Genero Sapa Kippa

Nota de Opinión de Alika Kinan, publicada en Hábil Declarante-

Nilda, una joven mamá de 25 años, oriunda de Formosa, tenía un bebé de 19 meses y otro hijo de 5 años; estaba embarazada de 20 semanas, su deseo cuando llegó a la isla hace poco más de tres años era como el de cualquiera de nosotras: superarse en la vida, buscar ese futuro más digno para ella y su pequeño hijo.

Nilda inhalaba vida y expiraba sueños y deseos. Era una luchadora. Cuidaba chicos, limpiaba casas, planchaba, siempre se la veía queriendo superarse. Una mezcla de adolescente libre y mujer maltratada, se sentía ese dolor que sólo entendemos las mujeres que fuimos víctimas de la violencia machista, del ultraje, de la violación, de la humillación de la cultura patriarcal. Vivió cada segundo por sus hijos, excelente madre, recorría con sus niños su localidad siempre queriendo ser mejor, con toda la frescura de su juventud.

Nilda fue vista por última vez el 16 de junio aproximadamente, poco antes del Día del Padre, mientras se despedía de su hijo mayor, que lo recogía una mamá amiga del jardín para que no tome frio. Ese fue, posiblemente, su último beso.

Hace tiempo que Nilda sufría el acoso de su maltratador. Había denunciado ella, había denunciado el jardín de infantes de su hijo, estuvo en varios momentos acompañada por profesionales que, con las pocas herramientas que hay en la localidad de Tolhuin, pudieron contenerla.

Poco a poco Nilda fue tomando conciencia que esa vida no era su sueño ni para ella ni para sus hijos. No había proyectos, no podía acceder a la vivienda por lo burocrático y complicado que se tornaba sumado a las dificultades de conseguir un trabajo estable.

La pobreza, el frío, el dolor la zamarreaban, la humillaban, la golpeaban. Su hijo mayor pronto también se convirtió en objeto de tanta furia, una forma de desquite por sus infortunios del pasado. Esos golpes dolían aún más que los que son en el cuero propio. Iba entendiendo que tenía que terminar con esa situación de maltrato y sufrimiento.

A través de la Municipalidad de Tolhuin consiguió unos pasajes de avión para volver a casa, con su familia, con sus amigos. Volver a Formosa, por supuesto, acompañada de sus hijos. Todo fue como una ‘misión imposible’. A pesar de las denuncias, de los profesionales, de las rondas policiales, el golpeador siempre estaba al acecho con un predador que quiere ‘cazar’ a su presa y devorarla.

Nilda y sus pequeños consiguieron ubicarse, con ayuda en la ciudad de Río Grande, esperando su tan ‘ansiado vuelo’. Pero como si su destino ya estuviera marcado por las catástrofes, había paro de controladores aéreos por lo que el viaje entraba en dudas. Como si eso no fuera suficiente, recibió un llamado de su familia, su papá exactamente, que no deseaban otro ‘bastardo’.

Mientras, en las noticias radiales, una suerte de pseudoperiodista, le da voz al violento, ya reconocido por acechar y golpear a Nilda, con una especie de amenaza. Decía que sus hijos habían sido secuestrados. Con lágrimas de cocodrilo por ver escapar a su presa, pedía por ellos.

Como si todo esto no fuera poco, intervino la iglesia evangélica, muy instalada en esta localidad, donde muchos de estos golpeadores encuentran refugio y el perdón tan deseado para renovar sus energías con rezos, oraciones y licencia para seguir golpeando y maltratando. Nilda con todos estos indicios del destino, volvió a su casa. Por un tiempo todo volvió a ser una linda historia, pero como todas las oraciones, no surtió el efecto esperado y volvieron los golpes, las persecuciones y el dolor.

Una vez más y como muchas mujeres víctimas de la violencia de género, decidió firmemente abandonar a su maltratador, esta vez con cambio de casa. Había conseguido trabajo y hasta mostraba un nuevo look. Se la veía empoderada, radiante, desbordante de vida gracias su belleza norteña tan característica. Parecía que su infierno había quedado atrás.

De un día para otro, Aldo Javier Núñez apareció en su pequeña casa de Tolhuin, con sus hijos.  El 22 de junio y ante la mirada desconfiada de sus vecinos por la falta de Nilda fue a realizar la denuncia por ‘abandono de hogar’ a la policía de la localidad.

Aparentemente nadie tuvo la capacidad de desconfiar que él mismo se había deshecho de Nilda, una madre tan entregada a sus hijos, con varias denuncias por violencia de género. Fue más fácil creer la historia de la mala madre y el abandono de sus pequeños. Tardaron 10 días en allanar su hogar y sacar a los pequeños de allí, donde aún quedaba un trozo de su cuerpo bajo la cama de los niños. ¿Era un trofeo? ¿Un recuerdo? ¿No le había entrado en la maleta donde estaba seccionado el resto del cuerpo?

Creo que aquí nadie quiere aceptar que se trata de un femicida. Sólo sabemos que son muchos los responsables y que hoy en nuestra provincia hay una menos: Pero además, hay un Estado que tanto por acción u omisión es responsable de un femicidio, ya que en ningún momento Nilda fue acompañada psicológicamente por un especialista porque no hay, porque el área de género donde se tendría que haber hecho un abordaje interdisciplinario hoy es un área obsoleta sin personal y sin presupuesto.

Por además, la policía no realizó las rondas necesarias; hubo un juez que no garantizó el derecho de esta mujer a vivir libre de violencia machista; hubo una Municipalidad que no le pudo garantizar su derecho a la vivienda digna, haciendo primar sus intereses particulares y la vuelta de favores; hubo un culto evangelista que les dice a las mujeres maltratadas que deben volver a sus hogares y orar para que Dios entre en sus golpeadores y les tengan piedad.

Y también hubo un irresponsable de la comunicación que le dio voz al violento, formando una opinión en la familia y en ella misma, naturalizando la violencia de género. Hoy en nuestros hogares fueguinos sentimos todos la responsabilidad de tener una menos. Esos huérfanos que dejó el femicidio, como si lo hubiéramos vaticinado hace un mes atrás mientras los funcionarios en vez de trabajar políticas públicas y aprobar proyectos, se dedicaron a sacarse fotos con micrófonos, con carteles, con banderas, cuando su deber es trabajar por su comunidad y mejorar las condiciones para todas las mujeres.

Hoy esa pierna que halló la policía está debajo de la cama de todos nosotros. Decir #NiUnaMenos es mucho más que una bandera, una marcha y un cartel. Es la construcción de una sociedad mejor para todas y todos.